Principios y Fundamentos

EL TIPO DE HOMBRE QUE QUEREMOS FORMAR

Desde la antropología cristiana, queremos formar personas creyentes en un Dios único, creador de todas las cosas, teniendo como modelos de vida a Jesucristo, a María y a nuestro santo patrón San Luis  Rey de Francia. A través de ellos y de nuestro propio modelo como educadores, pretendemos que nuestros alumnos sean  personas libres, comprometidos en su fe, responsables y respetuosos, llegando  a ser así verdaderos líderes en su medio, que conducen a otros al conocimiento y profundización en la fe.

Vivimos en la era de la masificación. Lo que hoy está amenazado no es sólo un aspecto parcial de la sociedad y el hombre; es su núcleo lo que está en peligro.

“El hombre verdaderamente personalizado sabe lo que piensa: tiene convicciones sólidas. Sabe lo que quiere; permanece fiel a sí mismo. Emplea todas las fuerzas de que dispone para realizar el proyecto de su ser. No cambia de la noche a la mañana. La impresión que nos da es de fortaleza, de claridad, de precisión. Además, no se pierde en la masa. No se deja seducir por el prestigio. Es verdaderamente independiente, es alguien que obra por sí mismo, en posesión de sí mismo, con toda  su capacidad y fuerza; alguien que tiene el dominio de sí y que sigue siendo lo que es, fiel a sus convicciones, a su ideal, a su plan de vida, a pesar de sus diferentes estados de ánimo, de sus emociones transitorias, de sus impulsos naturales; sean cuales fueren, por otra parte, las reacciones de los demás, los cambios de la opinión pública o la evolución de las circunstancias. Está por encima de las fuerzas de la naturaleza en sí mismo; tiene las riendas en sus manos, ve claro, domina la situación, se sirve de los medios, sabe dirigir. Se mantiene igualmente por encima del juego incierto del mundo. Es independiente, libre, concentrado en su propia fuerza. Es y sigue siendo él mismo”.

El valor persona ocupa un lugar preponderante en toda nuestra visión pedagógica, la cual se orienta al conocimiento y desarrollo original de todas las potencias  del hombre tanto como persona individual como comunitaria.
El descubrir los propios valores contribuye a saber quién soy e indica la orientación fundamental de la misión personal o delpara qué estoy en este mundo. Al saber quién es y cuál es su misión la persona se descubre como un ser original querido y amado por Dios, de quien ha recibido su ser y su vocación de hijo llamado a construir un mundo nuevo.
En la dimensión humana somos nosotros y nadie más que nosotros los responsables de nuestra vida. La autoformación es el reconocimiento práctico de nuestra calidad de seres libres. Por la libertad estamos dotados de la capacidad de autodecidirnos y realizar lo que hemos decidido. En esto nos diferenciamos precisamente en forma radical de los seres irracionales. Partiendo del propio conocimiento y del conocimiento de la realidad que nos rodea tenemos que asumir libremente la tarea más importante que cabe al hombre: darle un sentido a su existencia, conquistar la riqueza y novedad de su personalidad.

 

LA FAMILIA

La familia, para las personas, es la escuela natural de humanidad, en que comienzan las primeras relaciones sociales, se adquieren hábitos, se recibe educación, cuidados y afecto.

Vivimos en una sociedad de profundos cambios, por lo que se hace necesario educar a los hijos para un aprendizaje a lo largo de toda la vida. De ahí que los padres no deban preocuparse sólo de los resultados, sino de los procesos que llevan a tales resultados; no sólo de transmitirles muchos contenidos sino también de enseñarles a pensar, a saber resolver los problemas que puedan presentárseles a futuro; por eso invitamos a los padres a participar de forma activa en la educación de sus hijos.

Lo mismo podemos decir respecto al mundo de los valores, a la educación de los valores. Tal vez en una sociedad estática se podría hablar más en términos de inculcación de valores, pero en una sociedad dinámica como la actual en la que nuestros hijos dentro de unos años van a tener que enfrentarse con realidades muy distintas a las de hoy, y hacer juicios valorativos y tomar posiciones axiológicas, la opción de una educación en valores en la familia es clara: debemos educar para la madurez, para que nuestros hijos puedan realizar opciones libres y conscientes en el mundo de los valores.

Como ha recordado el Concilio Vaticano II: “Puesto que los padres han dado la vida a sus hijos, tienen la importantísima obligación de educarlos, y por lo tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de una trascendencia tal que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es pues, deber de los padres crear un ambiente en la familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la formación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan”.

 

LOS EDUCADORES

“Educar es servir, desinteresadamente, a la originalidad ajena” (Padre J.Kentenich). Esta afirmación del sentido de toda educación está apoyada en dos pilares: el amor y el respeto, ya que la educación, comprendida como amor al tú, a quien sirve para que llegue a ser más él mismo, necesita de un respeto específico a esa originalidad.

La tarea del educador consiste en hallar esa idea de Dios y comprometer sus energías para que se encarne y se realice en la vida de esa persona, porque “el correcto, el auténtico sentido de la verdadera educación es servir desinteresadamente a la gran idea que Dios ha depositado en cada persona, sirviendo de esta manera, desinteresadamente a Dios mismo.” ( P. José Kentenich).

La preocupación del pedagogo debe ser forjar un tipo de personalidad que actúa desde adentro en base a convicciones personales.

El educador debe tener una actitud fundamental basada en tres elementos: entrega, respeto y confianza. Esta actitud se concreta en un  amor acogedor y enaltecedor, bondadoso y comprensivo, fuerte y exigente. Tiene que ser ciertamente un amor respetuoso por ambas partes: como el amor respetuoso del padre que despierta el amor respetuoso del hijo. Así se crea la atmósfera en la cual la educación se realiza de la mejor manera”

El educador debe mostrar una confianza “inagotable” y “enaltecedora” que cree en todas las situaciones en lo bueno del tú y nunca deja de servir a la misión del educando. No debe basarse nunca en la obligación, en el “tú debes”, sino en la magnanimidad, en el “tú puedes”.

El pedagogo debe tener una actitud de respeto al tú por el hecho de ser persona. Si este valor no es vivido por el educador sino “transmitido” al educando, quedará bloqueado el acceso a los otros valores que se apoyan en éste. Es decir, se necesita laapertura y valoración de los valores existentes en el tú. Debe saber también no sólo abrirse a los valores del educando, sino escucharlo y conducirlo para que encuentre sus propios caminos.

El educador debe tener una “paciencia pedagógica” como actitud importante, dada la lentitud de todo crecimiento orgánico. El crecimiento orgánico debe venir desde dentro, es decir a partir de la libre aceptación de los valores propuestos.